Las humanidades digitales y los espacios de la representación

Paul Spence
paul.spence@kcl.ac.uk
King's College London

Comunicación larga
Historia de las Humanidades Digitales


El intercambio de conocimiento es un elemento básico en la ciencia, que se enriquece por la acumulación de interpretaciones de diversos investigadores, y cuyo contraste y combinación conduce a nuevas interpretaciones de genealogía compleja. La creciente influencia de la cultura digital no cambia esta función elemental, pero sí le introduce en nuevas dinámicas comunicativas, cada una con sus propias oportunidades y desafíos.

En los primeros años de las humanidades digitales, la creación de recursos digitales generalmente supuso su entierro en almacenes aislados (los ‘digital silos’ para usar la expresión muy usada en inglés). Parece irónico si uno se acuerda de los principios de diseño de proyectos, herramientas y estándares de la época – que habitualmente promulgaban el intercambio y la interoperabilidad – pero a menudo el resultado fue una serie de islas preciosas pero inaccesibles, que uno podía admirar desde lejos, sin ninguna posibilidad de un acercamiento real. Las arquitecturas digitales, los datos, las estructuras interpretativas habitualmente quedaban fuera del alcance de cualquier persona no involucrada en los proyectos, y al terminar el proyecto, solamente quedaban los resultados formales de la investigación, generalmente manifestándose como publicaciones tradicionales.

Una vez acumulada una cantidad importante de datos en formato digital - y quizás lo que es más importante de experiencia, puesto que la relación entre humanidades y tecnología implica procesos sociales, culturales y epistemológicos más que solo ‘técnicos’- varias iniciativas pretendían buscar conexiones, espacios de interacción y maneras comunes de abordar cuestiones científicas en humanidades a través de entornos digitales de distinta índole. Hubo portales dedicados a la revisión por pares de recursos digitales (NINES1), y los entornos virtuales de investigación, que a menudo pretendían ofrecer plataformas integrales al investigador2, algunos con más éxito que otros (Dombrowski, 2014).

La investigación en un ecosistema digital

Aunque es muy dudoso que jamás se manifieste toda la actividad científica en formato digital, parece probable que un porcentaje muy alto de los procesos y ciclos de investigación sea realizado en infraestructura digital en el futuro, incluso en las humanidades. No hemos llegado, ni tal vez hay que llegar, a consenso sobre la mejor manera de conectar la investigación en espacios digitales, pero la propagación del término ecosistema digital, sugerente de propiedades positivas (definidos por Chang y West 2006, citado en (Blanke, 2014) como: equilibrio; autoorganización; conexión flexible entre racimos autonómicos; interacción permanente) y suficientemente vago para permitir varias interpretaciones, al menos ha comenzado a popularizar el concepto. 

Como observan Anderson y Blanke en su estudio comparativo de sistemas, los datos de la investigación en humanidades padecen de altos grados de fragmentación, dispersada por varias instancias que incluyen las “publicaciones en red, sitios web menores y repositorios mayores en las bibliotecas, archivos, museos, galería, editoriales y el sector comercial” (S. Anderson & Blanke, 2012: 150, mi traducción). Esto constituye un recurso infra-explotada por las humanidades argumentan, que por una serie de razones todavía no se ha comprometido plenamente con los fenómenos del diluvio de la información o los Big Data, pero parece probable que esta situación cambie, conforme se vaya digitalizando cada vez más del patrimonio histórico del mundo por un lado, y creando nuevos objetos culturales en formato digital por otra. Es un panorama híbrido, aseveran Ciula, Nyhan, & Moulin (2013), con tres espectros: tipo de colección (estática, dinámica, servicio), nivel de procesamiento (original, metadatos, enriquecido) y naturaleza del objeto (físico, digitalizado, nacido digital).

Los ecosistemas digitales representan conceptos de organizar el espacio de la investigación que pueden servir como contra-modelo al tópico de la imagen del investigador solitario en humanidades, y que reconoce un nuevo panorama comunicativo donde combinaciones flexibles y dinámicas de investigadores y aparatos se lanzan sobre cantidades mayores de información para procesarlas, y en el caso del humanista, interpretarlas con criterio crítico. Es un proceso social más que tecnológico que facilita mayor compromiso público – tanto en la fase de creación como en la recepción – y que abre cuestiones serias sobre la división entre lógicas de cierre y apertura en la difusión.

Anderson y Blanke señalan la mayor tendencia a la mercantilización de los contenidos y en reacción a las críticas de Trettien, que sugiere que las humanidades digitales a menudo figuran como “una casa de producción” con poco protagonismo en la investigación (Trettien, 2010), ellos proponen que las humanidades digitales sirvan como un “espacio y comunidad” que tome protagonismo ante la necesidad de “proteger los derechos del investigador antes sus propios materiales de fuente” y que facilite un espacio de “experimentación” para nuevas ideas usando cantidades mayores de contenidos (Anderson y Blanke, year: 151, mi traducción).

En un plano menos técnico, y siguiendo un patrón bastante común en las humanidades digitales, un reciente estudio de McGann (McGann, 2014) evoca una nueva república de las letras, aprovechándose de la migración de buena parte de nuestro patrimonio cultural a formas digitales e estructuras institucionales.  Nos recuerda además que, mientras que otros agentes como las bibliotecas, los museos y entidades comerciales han llevado gran parte del patrimonio cultural a la red, la comunidad científica ha jugado un papel pasivo hasta ahora en el proceso (pág. 142). 

Lo que le falta a esta visión es una perspectiva lingüístico-cultural, es decir ¿quién es ciudadano de esta nueva república? Se suele decir que la red digital ha facilitado el flujo de la información, pero ¿para quiénes? ¿Es verdaderamente universal? ¿Las desigualdades de acceso, presentes por supuesto antes de internet, están mejorando o empeorando? y ¿cómo se manifiestan en el espacio científico de las humanidades? Si queremos concebir una ciencia digital, abierta y en red, ¿cuáles son las medidas necesarias para crear y mantener una presencia geográficamente representativa de todos?, ¿cómo creamos infraestructura social y técnica que trasciende las fronteras económicas y culturales impuestas por las dinámicas de la globalización? y ¿cuál debe ser el papel de las humanidades digitales en este terreno?

Varios investigadores internacionales cuestionan la visión universalista de la ciencia manejada en Occidente, la construcción de “una esfera supracultural de aparente homogeneización” (Escandell Montiel, Montiel, & Suárez, 2015: 28) que fácilmente puede servir como motor de exclusión (Carpentier, 2014). Para Vinck, el desarrollo de la ciencia “refleja las dinámicas políticas, industriales, económicas y sociales” de “algunos países de Europa, América del Norte, Japón y algunos otros países emergentes” y citando a Wagner (2008) opina que ‘las mega-redes de ciencias internacionales’ “reflejan temas y preocupaciones que vienen de los países hegemónicos” (2013: 56). 

En su estudio sobre las prácticas del software en Rio de Janeiro, Takhteyev (2012) analiza el desarrollo y la recepción del lenguaje de programación Lua, un lenguaje ‘ligero’ creado por programadores en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro que ha tenido bastante éxito, siendo usado para los juegos World of Warcraft y Angry Birds, por ejemplo. Takhteyev destaca la ironía en el hecho que Lua ha conseguido entrar en el club exclusivo de los lenguajes de programación, y sin embargo no era posible (al menos cuando escribió el libro) comprar un libro en portugués sobre el programa, puesto que las empresas locales no lo usaban. En un contexto donde dos zonas del mundo controlan más de la mitad de la industria del software a nivel mundial, Rio es el “sitio equivocado” para desarrollar software afirma (2012 :11). Bajo esta perspectiva, “la asimétrica relación entre el centro y a la periferia y sus distintas relaciones con sus sociedades locales respectivas tiene consecuencias importantes para el flujo de la información. Las nuevas prácticas y conocimientos producidos en el centro son tienen movilidad desde nacimiento” (2012: 42, mi traducción).

Pocos cuestionarían la importancia del intercambio científico global, pero es importante que reconozcamos las diferencias estructurales y científicas. Una pregunta importante en este sentido, es ¿qué son las humanidades?, es decir ¿para qué sirven? La respuesta puede cambiar mucho entre distintos países, donde a veces el campo de las humanidades va unido a otros campos (las artes y humanidades en algunos países; ciencias humanas y sociales en otros) y donde la definición tiene múltiples variaciones (compárese por ejemplo la definición de la agencia de financiación de la investigación, AHRC en el Reino Unido, según el cual “la agencia cubre temas como historia antigua, baile moderno, arqueología y contenidos digitales entre otros3” con el resumen de  Kgomotso H. Moahi de la actividad financiada en Africa del Sur por la agencia HSRC en ciencias humanas: educación, pobreza, desarrollo, democracia y gobernabilidad (Moahi, 2010).

Por ahora, las definiciones de ‘humanidades’ manejadas por las humanidades digitales tienden a ser más amplias de lo tradicional. En esta ponencia analizo los retos principales para conseguir que estos espacios digitales de representación sean verdaderamente internacionales.

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